
David Gutiérrez
Tras el fracaso comercial de su segunda película, “Giliap” (1975), este director sueco se dedicó a la publicidad. Veinticinco años después volvió a los cines con esta cinta.
Precisamente en “Songs from the second floor” se puede apreciar la influencia de esos años en los que rodó más de cuatrocientos anuncios.
“Canciones del el segundo piso” podría considerarse una película collage, no formalmente como “Las margaritas” de Chytilova, pero sí en el aspecto de que cada escena sucede en un lugar diferente, sin transiciones entre uno y otro. Siempre cámara fija, plano general/medio y composición ultra-cuidada.
La cinta nos cuenta más de diez historias con un sinfín de personajes.
Al principio parece que todo sean sketches independientes, más tarde descubrimos que muchos están interconectados entre si.
Sirviéndose en muchos casos de un humor absurdo y negrísimo –apuesto a que bebe de los Monty Python-, Andersson hace una dura crítica a la socialdemocracia, al capitalismo, consumismo, a
Marcha de autoflagelación masiva (fondo)
Las víctimas del capitalismo
“Songs from the second floor” es una película que habla de todo y nada, del detalle y lo general, lo pequeño y lo grande, del sentido, del sinsentido, de la vida. Mediante sus múltiples historias, e inspirándose en parte en un poema de Cesar Vallejo, la película nos habla de temas tan insignificantes como pillarse los dedos con una puerta y de otros tan profundos como la necesidad de amor.
Ésta es una película inteligentísima que apuesta por una escenografía e iluminación cuidada al más mínimo detalle.
Sus dosis de humor negro, su profundo simbolismo y la indescriptible belleza de muchos de sus planos hacen de ella una película muy interesante, con algunos momentos inolvidables.
Jorge
No es una película normal, es una película a medias. Ya lo dijo su propio autor en Cannes: “Necesitaría al menos otro film para explicar BLOW UP”. Quizá por eso sea tan grande, por estar a medias, como la vida.
BLOW UP tiene un protagonista, un heroe, del que nunca oímos el nombre durante la película, pero que llamaremos Thomas (indicaciones del propio Antonioni en el guión), interpretado por David Hemmings, en el mejor papel de su carrera.
Thomas es un fotógrafo, por la mañana de modelos, por la noche de vagabundos. Como si tratara de hallar por las noches la realidad que el sol le oculta.
Finalmente, la mujer (Vanessa Redgrave) le descubre y, molesta por la violación de su intimidad, pide que le entregue el carrete. Él se niega. La mujer se marcha corriendo, no sin antes decir: “Nunca me has visto”.
Pero no se irá con ellas.
Cuando Thomas las revela, descubre una oscura verdad: se ha cometido un asesinato. Thomas es capaz de descubrir esto mediante ampliaciones (en inglés blow up) de las fotografías. Sin embargo llega a un punto de ampliación tal en el que el grano de la película fotográfica es enorme, y las imágenes casi irreconocibles.
“Cuando se utilizan ampliadoras [...] pueden verse cosas que probablemente el ojo desnudo no sería capaz de captar [...]. El fotógrafo de BLOW UP, que no es un filósofo, quiere ver las cosas más de cerca. Pero lo que sucede es que, al ampliarlas demasiado, el objeto se desintegra y desaparece. por lo tanto, hay un momento en que asimos la realidad, pero ese momento pasa. Este es en parte el significado de BLOW UP” (Antonioni)
Es normal que en esta situación Patricia, uno de los personajes secundarios, compare estas imágenes con las pinturas abstractas de Bill, el amigo pintor de Thomas.
El propio Bill, al principio de la película, dice unas palabras que explican el proceso creativo, tanto de sus pinturas como de las fotografías de Thomas, e incluso de la propia película:
“Cuando lo pinto no me dice nada. Luego descubro cosas y de pronto todo se clarifica por sí solo. Es como encontrar la clave en una novela policíaca.”
Para cerciorarse de lo visto en las ampliaciones, Thomas va de nuevo al parque, donde efectivamente halla el cadáver. Al volver a su estudio se encuentra con que se han llevado todas las fotos. Sale en busca de la mujer durante toda la noche. Al amanecer, tras no encontrarla vuelve una vez más al parque, en donde también ha desaparecido el cadáver.
Muy lentamente, Thomas comienza a desandar lo andado, acompañado sólo por el sonido del viento. Baja las escaleras que le han llevado al parque, y comienza su andar errante, hasta llegar a unas pistas de tenis. Allí, dos mimos juegan al tenis con sus raquetas y su pelota invisible.
En un momento dado la inexistente bola sale del campo y Thomas la recoge y se la devuelve, aceptando de esta manera que la realidad presenta cosas invisibles.
El plano se mantiene fijo en el fotógrafo, que sigue con la mirada, de lado a lado, el juego de los mimos. Es entonces cuando oímos el sonido de las raquetas y la pelota.
Segundos después Thomas no está, se hace invisible, se desintegra, como si él mismo hubiese sido expuesto a una ampliación sobre otra ampliación, hasta desaparecer y desasirse de la realidad.
Sin duda una de las escenas más bellas del cine de todos los tiempos.
Con este final Antonioni nos da la clave (recordemos: “de pronto todo se clarifica por sí solo. Es como encontrar la clave en una novela policíaca”) de toda la película. Este es un mundo de apariencias, detrás de ellas se encuentra una realidad imposible de conocer.
Han pasado 24 horas y a Thomas no le queda una sola foto que demuestre todo lo que ha ocurrido; ¿Sucedió de verdad o tal vez no sucedió nunca? ¿Realidad o Fantasía?
Como la propia película nos enseña, la mirada lo es todo. ¿correcta o estrábica?